Mi Opa, mi extraordinario abuelo

La verdad es que si pienso en el inolvidable abuelo que tuve, el recuerdo de mi “opita” viene a mí con un millón de historias, que al recordarlas me arrancan un par de sonrisas y un par de lágrimas de alegría, de felicidad al comprobar la fortuna que tuve al haber contado con una persona como él, en mi vida.

Como abuelo fue perfecto. Desde que soy consciente, lo recuerdo siempre próximo. Haber vivido cerca de su casa y haber compartido su compañía junto a mis primos y a otros compañeros de juego, fue un privilegio y el sueño que cualquier niño hubiese querido lograr.

La casa tenía un jardín enorme lleno de árboles, flores, animales y sobre todo la fábrica (el lugar perfecto para soñar a ser grandes, además de ser el sitio donde se hacían las travesuras más terribles). No hay como imaginar un lugar mejor.

Por esos giros inesperados que da la vida me tocó vivir durante tres meses con mis “opas”; yo tenía entonces diecisiete años, y en lo que ese momento pensé que había perdido, solo ahora me doy cuenta de que no puede ser comparado con todo lo que gané.

Cada mañana tenía que levantarme temprano para ir al colegio; la mayor motivación era ir al comedor y encontrarme con mi pedazo de pan cortado sobre mi plato, con la mermelada y la mantequilla y con un vaso que esperaba ser llenado gracias las instrucciones que el “OPA” me daba la noche anterior.

– “Cuando vayas al colegio, no dejes de desayunar: te dejo todo listo, me encantaba su detalle, me hacia sentir consentida, importante, más que un abuelo fue un padre.